A la inmensa ¿minoría?, por Lorenzo Clemente

Los distintos Circuitos que componen la Liga Nacional de Novilladas han tenido, desde su concepción, algunos elementos novedosos y otros recientemente olvidados que no deberían pasar desapercibidos. En primer lugar, la involucración de las Administraciones Públicas en distintos niveles y su compromiso con el futuro de la tauromaquia es un activo que debe cuidarse, consolidarse y extenderse a otros ámbitos. Por otro lado, utilizar la tauromaquia para poner en valor municipios pequeños y descubrir su historia y tradiciones es algo que en tiempos de reivindicación de la España menos poblada debe potenciarse. Unido con estas dos realidades, ha resultado realmente valioso que muchos alcaldes y otros responsables públicos hayan tenido encuentros con los novilleros participantes, les hayan acompañado en su visita a su localidad y hayan hecho un llamamiento a la asistencia a los festejos y la visita a sus localidades.

Todo ello ha supuesto una difusión las novilladas en medios generalistas desconocida desde hace mucho tiempo. Junto a ello, el compromiso público y la labor de la Fundación ha conseguido que muchas de esas novilladas se retransmitan en televisiones autonómicas, haciendo que los toros vuelvan a esas televisiones o que se impulse de manera sustancial el número de festejos retransmitidos, abriendo a la normalidad en muchas casas lo que nunca debió desaparecer de las parrillas televisivas. Hacerlo, además, con novilladas, pudiendo dar a conocer a quienes están llamados a cargar el peso de la Fiesta en pocos años es un activo tremendamente valioso.

Y un último aspecto nada desdeñable es la apuesta por la competencia ganadera, la variedad de encastes y la exigencia de que todos los novilleros lidien novillos de diferente procedencia. Algo que el propio Morante reivindicaba para las figuras hace pocos días.

Sin embargo, todo este esfuerzo de variedad, alicientes, involucración de las Administraciones y comunicación no ha conseguido en todos los casos llenar los cosos, que es también un objetivo primordial de este proyecto. Tampoco se han llenado en estas últimas semanas algunos festejos mayores con figuras y en plazas de importante tradición.

Sin duda, hay razones evidentes que explican cierta reticencia a acudir con normalidad a las plazas: desde la natural prudencia que lleva a algunos (sobre todo de colectivos vulnerables) a evitar eventos masivos hasta la continuidad de restricciones horarias o de aforo que impedían aderezar la asistencia a los festejos taurinos con los habituales prólogos y celebraciones posteriores que tanta importancia tienen cuando se va a la plaza.

Pero hay algunos otros elementos que no debemos perder de vista. En primer lugar, en este año y medio de pandemia todos hemos desarrollado una cierta pereza que ha reorientado parte del consumo del ocio a actividades virtuales. Por otro lado, esto ha coincidido con una tendencia que se intuía desde hace años y que se ha consolidado en estos meses que es el desplazamiento de las actividades de ocio al propio hogar (desde la restauración más sofisticada hasta los últimos estrenos audiovisuales). Y, por último, la sociedad actual cada vez es capaz de prestar atención durante un tiempo más reducido y abandona cualquier propuesta de ocio (series, televisión,…) si la excelencia no está presente en todo momento, aspectos a los que se oponen unos festejos taurinos cada vez más largos y con muchos tiempos muertos.

No puede olvidarse que en un festejo taurino nada es previsible. Puede resultar una tarde triunfal, con animales magníficos y toreros inspirados, o una tarde donde los toros no embistan y los matadores no hallen resortes para darles la lidia precisa y conectar con el público. El aficionado siempre encontrará razones para el interés, pero una tarde sin que pase casi nada es un obstáculo muy relevante que hará a muchos no volver a pisar una plaza de toros.

Una corrida de toros o una novillada es un evento que tiene en la emoción, el riesgo, la estética y lo imprevisible una poderosa atracción para cualquiera.

Y, en otro nivel, tiene también la lectura del comportamiento de los toros según sus encastes, de la adecuación o no de cada lidia a su comportamiento, de lances o actuaciones que enlazan con otras tauromaquias lejanas en el tiempo,…

Estos dos niveles deben mantenerse. Pero hay que tener mucho cuidado con no pretender reivindicar sólo el de los expertos. Lo primero, lo que llena las plazas, es que sea posible una lectura básica y general, para todos, de la emoción y la estética.

Por decirlo al poético modo, en la tauromaquia, más que a la “inmensa minoría” (o a la “minoría siempre”) a la que se dirigía Juan Ramón Jiménez, hay que trabajar por llegar a esa “inmensa mayoría” a la que conmovió Gabriel Celaya.

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